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Rogelio Salmona
| 1929-2007 |
Murió Salmona pero su recuerdo vivo nos queda a sus amigos y
admiradores. Nos dejó su arquitectura, su ejemplo, su enseñanza y su
recuerdo. Varios de sus edificios son de lo mejor de la arquitectura
de todos los tiempos en Colombia y sin duda destacados en la
arquitectura actual del mundo, como lo han reconocido importantes
críticos y arquitectos como Kenneth Frampton, William Curtis,
Antonio Fernández-Alba o Claudio Conenna, y lo mismo se puede decir
de algunas de sus casas. Afortunadamente sus muchos edificios pronto
pasarán ser parte del patrimonio nacional para su correcta
conservación y, en últimas, para evitar su innecesaria demolición,
como ya pasó hace años en Bogotá con una de sus mejores casas.
Su obra es ejemplo no solo estético sino ético; incluso político. Es
mucho lo que los arquitectos del país hemos aprendido de ella y lo
que nos seguirá enseñando. Su respeto honrado e inteligente por la
ciudad, su preocupación por una arquitectura para nuestra geografía
e historia y finalmente para nuestra gente, y su comprensión de
nuestras luces y paisajes. Preocupaciones que, junto con otras
características de su arquitectura, poco tenidas en cuenta pero de
gran actualidad, como su sostenibilidad, hace que se separe del
movimiento moderno general y abra un nuevo camino en la arquitectura
colombiana como lo dice Silvia Arango. Sus preocupaciones están
vigentes y sus soluciones llenas de vida.
Su legado es ante todo el compromiso los arquitectos que lo son de
continuar su vehemente logro de que se comenzara a valorar de nuevo
en Colombia la arquitectura. Hecho fundamental en este país de
muchas ciudades tan nuevas, que crecen, en rápida transformación,
con una mala arquitectura y un pésimo urbanismo. Y en donde un mal
entendido desarrollo, puramente especulativo, separó a la
arquitectura de la cultura ante el desinterés de unos intelectuales
apenas interesados en la poesía escrita, y la ceguera de unos
ciudadanos que llegan al extremo de elegir alcaldes ciegos, y que
por todas partes votan por candidatos que miran pero no saben ver ni
les interesa, como acaba de repetirse de nuevo en todo el país con
la excepción de Medellín.
Por eso decía Salmona que hacer aquí (buena) arquitectura es un acto
político, además de cultural y estético, pues se trata ante todo de
hacer ciudad. Esto convierte su práctica en una ética de la
arquitectura, propósito crucial dentro de nuestra incipiente
sociedad urbana y por supuesto de total actualidad y urgencia en
nuestras maltrechas ciudades. Una nueva estética a partir de la
ética de asumir la responsabilidad de lograr un mejor ambiente
humano. El futuro de nuestras ciudades, en tanto que artefactos, se
juega en la mejor escogencia de su arquitectura. Así lo entendió
Salmona y de ahí su interés en una ética del oficio. Su mas
importante y difícil legado es, pues, la búsqueda de una
arquitectura pertinente y sostenible, que sea apropiada
culturalmente en la medida en que contribuya seriamente a la
identidad del país. Que permita ?la posibilidad de crear imaginarios
para transformar la vida? como lo dijo en Jyväskylä al recibir la
medalla Alvar Aalto que los arquitectos finlandeses le otorgaron
hace pocos años.
Rogelio Salmona Mordols nació en París en 1929, mitad español y
mitad francés, pero entró niño al Liceo Francés de Bogotá, ciudad en
la que murió el 4 de octubre de 2007. Sus profesores europeos lo
interesaron por el arte y, en 1947, ingresó a la Facultad de
Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia, tomando cursos
de teoría con el arquitecto alemán Leopoldo Rother. Allí conoció a
Le Corbusier, el gran arquitecto suizo-francés, cuando vino para el
Plan Director de Bogotá, y al irse a París, a consecuencia de los
graves desordenes del 9 de abril de 1948, trabajó para él varios
años al tiempo que seguía sociología del arte con Pierre Francastel.
En 1953 viajó por el sur de Francia, España y norte de África, lo
que sería decisivo para su arquitectura, y finalmente estuvo unos
meses con el arquitecto Jean Prouvé.
A su regreso, en 1958, dio clases de historia y luego de diseño en
la Universidad de los Andes, en donde validó su titulo después de
ejercer algunos años y de realizar con Guillermo Bermúdez su primera
gran obra: los Apartamentos del Polo (1959-62). Seguirán Las Torres
del Parque (1964 -70), la más importante, la sede de la Sociedad
Colombiana de Arquitectos en Bogotá (1967-74), la mas criticada (con
L. E. Torres); el Museo de Arte Moderno de Bogotá (1971-79), la mas
incomprendida; la Casa de Huéspedes Ilustres de Colombia, en
Cartagena (1980-81), la que le da fama internacional; el Museo
Quimbaya en Armenia (1984-85), la mas difícil, el Archivo General de
la Nación (1988-89), la mas bella, y la Biblioteca Virgilio Barco
(2002), la mas alabada. En Cali quedó el Edificio Mejía Marulanda
(1958-59), del inicio de su carrera, y el de la FES (1986-87), hoy
Centro Cultural de Cali (con P. Mejía, J. Velez y R. H. Ortiz).

Residencias El Parque, Bogotá,
1965-1970. Foto Hugo Segawa.

Archivo General de la Nación, Bogotá,
1988-1994. Foto Hugo Segawa.

Da esquerda apara direita: não
identificado, Ruth Verde Zein, Rogelio Salmona, Cristián Boza, Lala
Mendez Mosquera, Marina Waisman, Beto Eliash, Carlos Eduardo Comas.
Museu Quimbaya, 1987.
Foto cortesia Ruth Verde Zein.

Edifício de Posgrados en Ciencias
Humanas, Universidad Nacional, Bogotá, 1995-2000. Pátio de ingresso:
Dominique Perrault contemplando a água. Foto Hugo Segawa.
Su obra, ya vasta a lo largo de casi
medio siglo, comenzó con el elogio escrito a un proyecto de 1959 de
Fernando Martínez para el colegio Emilio Cifuentes en Bogotá, y
terminó por cambiar la buena arquitectura en Colombia.
Desafortunadamente muchos arquitectos del país no han asumido su
constante preocupación por la ciudad, las tradiciones edilicias y la
ética profesional, si no apenas han imitado su ladrillo aparente, el
que en algunas manos torpes se volvió oportunista, repetitivo o
arbitrario: una simple moda. Pero lo importante en su trabajo es la
innovación de la tradición, sus nuevos usos de viejas técnicas y
materiales, el darle forma a la identidad, su respeto por el paisaje
y el hacer arquitectura para la ciudad, lo que se concreta todo en
un nuevo regionalismo. Son los caminos de la arquitectura
neovernácular de que habla Vicky Richardson.
Esta búsqueda ha permitido a algunos arquitectos del llamado Tercer
Mundo, como Salmona en Colombia, construir alternativas autónomas
utilizando materiales propios y tecnologías posibles, que reconocen
y valorizan el patrimonio construido, consideran el clima y
califican el paisaje. Sus formas y significados le encuentran nuevas
expresiones a la tradición o la reinterpretan poéticamente para
hacerla partícipe de nuevas situaciones. Es la búsqueda de Hassan
Fathy en Egipto, Sir Geoffrey Bawa en Sri Lanka, Charles Correa y
Raj Rewal en la India, Sedad Eldem en Turquía y otros en Marruecos,
Corea, Singapore, Indonesia y también, por supuesto, no pocos en
Hispanoamérica, como Carlos Raúl Villanueva, Jesús Tenreiro o Gorka
Dorronsoro en Venezuela, Álvaro Malo o Luis y Diego Oleas en Ecuador,
Juvenal Baracco en Perú, Luis Barragán o Carlos Mijares en México,
Bruno Stagno en Costa Rica o Luiz Paulo Conde en Brasil.
Sus cinco proyectos cumbres y síntesis sucesivas de su trabajo se
deben claramente al lugar: su clima, paisaje y tradiciones urbanas,
arquitectónicas y constructivas. Por eso reclamaba que su obra se
percibiera con todos los sentidos y no solo con la vista, e insistía
tanto en la importancia de la arquitectura en la ciudad. Las Torres
del Parque, como dice la crítica Marina Waisman, valorizan la Plaza
de Toros y llaman la atención sobre el bello perfil de las montañas
que rodean a Bogotá y responden a su especial luz; pero también se
adecuan funcionalmente al clima bogotano y le sacan el mejor partido
al ladrillo local, que tanto y tan bien fotografío el arquitecto
Sergio Trujillo. Es difícil encontrar en el mundo grandes conjuntos
de vivienda que después de tantos años sigan tan bellos, actuales,
conservados y significativos para sus ciudades: ya es uno de los
hitos mas reconocidos de la capital.
La Casa de Huéspedes Ilustres de Colombia la ocultó de tal manera
con la vegetación que, como dice arquitecto e historiador Germán
Téllez, autor del mas completo libro sobre Salmona, el colonial
almacén de provisiones de Manzanillo luce como si estuviera
solitario, al final de la pequeña península en lo que parece una
pequeña selva típica de las costas de la bahía de Cartagena. Sus
patios con agua y vegetación son inmejorables en el caluroso clima
local y el uso de la piedra coralina todo un acierto; allí, su
recuerdo de La Alhambra se hace por primera vez evidente.
El Archivo General de la Nación está conformado por dos grandes
paralelipípidos rectángulos que replican las manzanas tradicionales
de la traza colonial de la ciudad. El mágico patio cilíndrico, en
medio del primero de ellos, enmarca el cielo azul profundo
característico del paisaje bogotano. Como lo recuerda el profesor
Ricardo Castro, autor de un libro sobre Salmona, es un lugar
memorable, que en su momento premiaron Carlos Mijares, Gorka
Dorronsoro, Carlos Niño y el autor de este articulo.
En la biblioteca Virgilio Barco, arquitectura, paisaje urbano y
natural, clima y tradiciones interactúan de una manera insospechada
y entrelazan visuales inesperadas de plazuelas y senderos se curvan,
bajan, suben y esconden prometiendo sorpresas como de laberinto de
enamorados. Su acceso recuerda a Teotihuacan pero también a los
pequeños valles de la Sabana de Bogotá, cuya intimidad y
recogimiento dan paso a otros eventos. Su bello patio enterrado es
una bienvenida pausa al espíritu mientras los volúmenes desaparecen
momentáneamente y de la ciudad apenas queda el fondo negro de los
cerros y el cielo azul. Finalmente, en la Candelaria en Bogotá,
está, ya casi terminado, el centro cultural Gabriel García Márquez
del Fondo de Cultura Económica de México, que el ingeniero Francisco
de Valdenebro construye bajo la dirección ahora de la arquitecta
María Elvira Madriñan, compañera de muchos años de Salmona.
Probablemente sustituya a la Biblioteca en el merito de ser el mejor
y mas revelador edificio de los últimos años en el país.
El reconocimiento a un maestro lo recibió Salmona ampliamente al
final de su vida, caso único en Colombia tratándose de un arquitecto.
Una importante exposición de su obra, organizada por la seccional de
Bogotá de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, bajo la iniciativa
de la arquitecta Diana Barco, recorre actualmente diversas ciudades
del mundo. Salmona fue dos veces finalista del Premio Mies van der
Rohe de Latinoamérica, cinco veces premiado en las Bienales de
Arquitectura Colombiana; Premio Taller de América, Medalla al Mérito
Cultural, Premio de la Fundación Príncipe Clauss de Holanda y Premio
de la II Bienal Iberoamericana de Arquitectura e Ingeniería Civil.
La Universidad Nacional le otorgó su Doctorado Honoris Causa y,
posteriormente, además de la Medalla Alvar Aalto, talvez el más
serio premio a la arquitectura del mundo, fue nominado al Pritzker,
el más famoso, pero ya no se lo podrán otorgar pues es para
arquitectos vivos.
Benjamin Barney Caldas
Versão integral do artigo. Publicado reduzido na Gaceta de El Pais,
de Cali.
Rogelio Salmona. El Mejor de todos.
Se nos fue Rogelio Salmona, sin dudas una de las figuras señeras de
la arquitectura universal y el mejor de quienes han sobrepasado el
siglo de la modernidad y su decadencia posmoderna en nuestro
continente.
Hablar de arquitectura latinoamericana ha sido desde hace décadas
hablar de Rogelio Salmona cuya visión continental alentó de las más
diversas maneras. Fue el dinámico motor de los Seminarios de
Arquitectura Latinoamericana (SAL) imponiendo ese carácter
movimientista que, a soslayo de cualquier organización formal, nos
ayudaba a encontrar siempre puntos de apoyo que nos permitieran
reunirnos para reflexionar, discutir y aprender.
Hablar de la arquitectura de Salmona es recalar en las búsquedas de
un lenguaje propio, asentado en las potencialidades expresivas de
los materiales tradicionales que manejaba con sofisticación
artesanal. Preocupado por los temas ambientales, por las demandas
sociales y por los equipamientos urbanos, Rogelio dio su vida
profesional a la causa de proponer caminos alternativos para nuestra
arquitectura.
Formado en el Taller de Le Corbusier y en los cursos de Pierre
Francastel, Rogelio asumió las contradicciones que la visión
eurocéntrica le planteaba y buscó superarla en un conocimiento
acucioso de su realidad colombiana y continental. Ayudó a los más
jóvenes. Difundió ideas y dio testimonio de su pasión profesional y
de su amor por la arquitectura trabajando infatigablemente hasta el
último respiro, con las dificultades que su dura enfermedad le fue
generando.
Pero sobre todo se nos fue el amigo solidario, el sabio que sabía
por la experiencia y la reflexión, el compañero entusiasta y
temperamental, el mentor de muchas de nuestras iniciativas
colectivas. Rogelio fue mucho más que un notable arquitecto, fue un
excepcional ser humano que valoramos y quisimos en la coincidencia y
en la disidencia. Esa misma disidencia que me lleva hoy a rezar una
oración a mi Dios (en el cual Rogelio no creía) porque sé que mirará
todo el bien que Rogelio ha dado a tantas personas de este
continente que disfrutan de su arquitectura y la inmensa cantidad de
inolvidables momentos que nos fue deparando a quienes tuvimos la
dicha de tratarlo. Insisto, era el Mejor de Todos. Lo extrañaremos
hasta lo indecible.
Ramón Gutiérrez
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