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Iñaki Bergera
"La horrenda calamidad, la catástrofe
inevitable que aniquilará a Estambul: el advenimiento de los tiempos
modernos. He visto este año el ocaso de Constantinopla". Así se
manifestaba Le Corbusier en 1911 desde el punto culminante de su
iniciático viaje a Oriente. Aunque pueda parecer contradictorio en
labios del que iba a ser el abanderado del Movimiento Moderno, bien
pudo ser una premonición. Le Corbusier, admirado por el estrecho
conglomerado de Estambul donde conviven "la piedra blanca de las
mezquitas que se alzan al cielo con las moradas mortales de madera",
contempló pavorosamente los incendios que asolaban cada noche la
ciudad. Doce años más tarde, en 1923, la república laica del
presidente Mustafá Kemal -Ataturk- iba a impregnar la particular
idiosincrasia turco-otomana del marchamo de la modernidad
occidental. ¿Por qué el joven Jeanneret temería más la invasión
moderna que la destrucción de los incendios?
La canónica arquitectura moderna,
narcisista y arrolladora, debe mirarse al espejo del "otro" y
confesar sus pecados.
Si Le Corbusier paseara hoy por Istiklal Caddesi, la calle peatonal
del corazón occidental de Estambul, vería una ciudad cosmopolita,
moderna y que anhela formar parte de la Unión Europea. Pero
observaría igualmente pobreza y abandono unas calles más allá, el
skyline de mezquitas con los ensordecedores altavoces llamando a la
oración desde los minaretes o mujeres tocadas con velos. El
resentimiento y el desengaño de esta impostada modernización
-brillantemente descrita por el nuevo premio Nobel de Literatura que
fue estudiante de arquitectura Orhan Pamuk- subraya las dificultades
y desajustes de este proceso y justifica, en sentido amplio, el
interés y la actualidad del tema del congreso. La canónica
arquitectura moderna, narcisista y arrolladora, debía mirarse al
espejo del "otro" y confesar sus pecados. Agotadas las
interpretaciones unilaterales, totalitarias y excluyentes del
Movimiento Moderno, su hipotética integridad se derrumba nueva y
definitivamente ante su caleidoscópica heterogeneidad interna y su
contaminación externa. El congreso -como quedó planteado en la
conferencia inaugural a cargo de Sibel Bozdogan- debía averiguar si
estos "otros" modernismos constituyen algo diferente al margen de la
modernidad o si se trata únicamente de extensiones geográficas y
variaciones morfológicas del canon. La clave no parece estar en las
formas exteriores, como no lo está en el caso de Turquía en llevar
vaqueros o un velo en la cabeza: la cuestión suscitada por el
congreso obligaba a preguntarse nuevamente sobre el concepto mismo
de modernidad.
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Para ello los
congresistas abrieron las puertas al renovado debate presente en las
humanidades y las ciencias sociales, cuya narrativa trasciende y
sacude la endogámica y en ocasiones estéril crítica arquitectónica.
¿Acaso no fue la arquitectura simplemente uno más de los múltiples
instrumentos del proceso de universalización de la modernidad?
Teorías antropológicas y poscoloniales como la "modernidad
descentrada" de Arjun Appadurai (1996), que invita a repensar el
eurocentrismo homogéneo y colonial de la modernidad, o las
"modernidades alternativas" de Dilip Gaonkar (2001)
-presente en una de las sesiones del congreso-, que bendice la
diferencia y pretende romper bajo una perspectiva político-cultural
con la dialéctica hegemónica entre formas dominantes y
no-dominantes, pasan también a formar parte de la nueva exégesis de
la arquitectura moderna.
Bajo esta óptica, focalizada ahora en las contingencias locales de
la periferia, el análisis atomizado de la arquitectura moderna deja
sus sombras al descubierto. Hablar de "otra" Otra deriva más de esa
modernidad no tiene por qué presuponer la existencia de una
modernidad auténtica e incontaminada. Frente a la construcción
dialéctica y victimista del "otro" -derivativa, imitativa e
inauténtica- se proclama la posibilidad de un planteamiento
simétrico e incluso opuesto: el paradigma moderno como el "otro" del
"otro". La apropiación invasiva del Estilo Internacional por parte
de los países no occidentales (el caso del hotel Hilton de Estambul
podría ser un paradigma) pudo estigmatizar en muchos casos la
validez de formas arquitectónicas paralelas, sensibles a las
diferentes identidades nacionales y culturales. Frente al canon
europeo-estadounidense existió por tanto una modernidad-otra. Pero
ante este "gran bazar" arquitectónico, ¿cuál es el baremo para medir
la calidad de su modernidad alternativa? ¿Habría que valorarlas por
los anhelos que representan o por las formas que exhiben? ¿Existen
modernismos locales o algo así como un estilo regional
internacional?
El congreso no supo encontrar respuestas claras a estos
interrogantes, enfrascándose en ocasiones en cuestiones
estrictamente terminológicas sobre los conceptos de modernidad,
modernismo o moderno, sobre sus precisiones y ambigüedades.
Paralelamente, se replegó en el habitual relato de aportaciones
académicas provenientes de todo el mundo. Muchas de ellas mostraban
desde casos particulares cómo la modernidad creció con su propio
antídoto, que en los años sesenta emergió críticamente al ensalzar
el valor de lo ordinario y de las arquitecturas anónimas, regionales
y vernáculas que escondían estrategias y conceptos esencialmente
modernos que habían pasado inadvertidos ante la hegemonía
estilística de la arquitectura. Por otro lado, esa trasgresión -la
condición híbrida de la arquitectura del Movimiento Moderno- estaba
ya intuida en muchas de las arquitecturas de los precursores de la
modernidad. Pero terminado el impulso original de la vanguardia, la
modernidad devino en estilo subrayándose la transitoriedad del
proyecto moderno, indigestado además con los antecedentes y
consecuencias de la Segunda Guerra Mundial o con el proceso
descolonizador.
Modernidad es la omnipresente polarización entre racional e
irracional, entre lo mecánico y lo orgánico. Frente a aquella
mecanización que se abría paso -tal y como preconizó Giedion-
aparecía esa otra arquitectura orgánica no estandarizada, irregular
o inacabada. Surgió así una obsesión por las geometrías de orden
natural, por los estudios morfológicos y dinámicos. De nuevo, todo
ello venía a consagrar la alteridad -particularmente a través del
expresionismo- que los exegetas de las primeras vanguardias modernas
quisieron acallar. Igualmente, figuras educadas en la más estricta
modernidad giraron después hacia posturas reaccionarias y
heterodoxas reclamando la pluralidad del proyecto moderno. Son
reacciones que se justifican desde la lógica de la necesaria
adaptación de la modernidad canónica a las distintas condiciones
geográficas y climáticas -ventilación, luminosidad, orientación,
etcétera- y que vuelven a estrechar lazos con las arquitecturas
regionales y tradicionales.
El congreso se paseó por esas diferentes extensiones geográficas de
lo moderno -lo que Edward Said denominaba las "historias
entrelazadas" entre Occidente y las "otras" geografías- mediante
casos concretos de países como la India, Suráfrica, Japón,
Australia, Libia, Israel y por supuesto Turquía. Al final, y ante el
hastío de la promiscua arquitectura moderna, la misma pluralidad de
esta "otra" modernidad borra las opciones de clarificar la
modernidad misma. Quedaría por tanto consagrada la ambivalencia: la
modernidad y sus diferencias.
Publicado em El País, Madrid, 11 de noviembre de 2006. Caderno
Babelia, p. 20.
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